
No. El futuro no les pertenece. El beso tampoco. Tan sólo sienten las alas adosadas a sus espaldas y emprenden el vuelo. Vuelan demasiado lejos, donde nadie nunca los alcanzaría. Vuelan también demasiado alto, sabiendo que el sol derretirá la cera que une las plumas que los elevan. Su presente es así, plenamente conciente pero agitado desde lo más profundo de sus entrañas. ¿Importa acaso precipitarse al vacío? Pueden elegir pensar, meditar, sopesar. Deciden que el autónomo batir de alas los encumbre, ajenos a los caprichos de la fortuna, a ese momento de perfección que sólo está reservado a los dioses. Vislumbran esa perfección, la ven de frente, la tocan y, en el transcurso de un abrir y cerrar de ojos, labios y abrazos, la viven.
Entonces el calor ¿del sol? ¿de ellos mismos? derrite implacablemente la cera. Las alas se desgajan. El beso sube, ellos caen...
Luego del estrépito, en medio del polvo que se disipa y las plumas que caen, se incorporan lentamente. No han caído demasiado lejos el uno del otro aunque la distancia parece mayor que la de sus cunas. Vuelven a mirarse como no han dejado de hacerlo desde que el beso comenzó. Sollozan una sonrisa. Quieren más, es cierto, pero el fabuloso momento que acaban de construir llena por completo el inmenso vacío que los arrasa. Aun sabiendo que esto no debería haber ocurrido jamás saben que si tuviesen una, vedada, nueva oportunidad, o más bien, que si pudiesen vivir una vez más el mismo momento, los hechos ocurrirían exactamente del mismo modo que acaban de hacerlo. No importa cuantas veces emprendan el beso. El resultado será, una y otra vez, inevitablemente, el mismo.
Quieren llorar. Lo hacen. Impotentes, se dedican un abrazo mutuo a través del cual no se tocan. Es un abrazo que atraviesa ciudades infestadas de gente, montañas repletas de nieve, ríos completamente poluídos, selvas desforestadas, pirámides ruinosas. No se tocan. Aun sin moverse, se distancian. El beso, imposible y eterno, es irrepetible porque es inconcebible. Ahora mastican amargura y dan la espalda a la felicidad que les está prohibida. Ambos tienen caminos que caminar. El beso parece ahora un desafortunado accidente que no ha hecho más que demorarlos en su recorrido. Enjugando sus lágrimas se abandonan a la resignación final e intentan mirar hacia adelante donde los esperan sus vidas. Es en esa dirección que encaminan sus pasos. Los ojos miran al frente, pero la vista está clavada atrás. Llevan el beso atesorado, cautivo, relegado en el fondo de sus almas. Nunca antes vivieron un beso como ese, y nunca después lo harían nuevamente. Aprietan puños y mandíbulas, pisan firme en dirección obligada, templan el corazón.
El beso está definitivamente acabado. Al mismo tiempo, el beso los acompaña. Lo sueñan, lo sienten cada noche, lo viven y reviven cada vez que, al borde del beso, sienten sus pies clavados al piso cuando intentan emprenderlo nuevamente.